Analizar el “a posteriori” una determinada situación, cuando ya conoces el desenlace puede resultar sencillo y hasta oportunista pero huyendo “del yo ya sabía que…” es necesario realizar siempre el análisis objetivo del porqué ocurren las cosas. Sólo así se pueden sacar  conclusiones que te permiten conseguir que en el futuro ocurran las cosas que pretendemos que ocurran.

Madrid 2020 generó en mucha gente, incluido un servidor, la sensación de que existían posibilidades reales de conseguir unos Juegos cuando a posteriori se ha visto que, se hiciera lo que se hiciera, la posibilidades de conseguirlos eran mínimas y me explico. Técnicamente, la candidatura de Madrid 2020 era impecable: la única de las finalistas con el 80% de las infraestructuras realizadas; la mejor valorada por el propio COI. La que contaba con el mayor apoyo popular de las tres candidatas o la que, a juicio de todos los expertos, realizó la mejor presentación y puesta en escena en Buenos Aires con exposiciones brillantes del Príncipe de Asturias, Samaranch, Gasol o Theresa Zabell; junto al resto de las más que dignas y preparadas intervenciones de todos nuestros representantes.

De hecho, sus caras de satisfacción tras la presentación trasladaban lo que todos vimos… que era el colofón a un gran trabajo previo. No fueron los únicos, la mayoría de los periodistas españoles se mostraron también optimistas y hasta algunos se atrevieron a anticipar nuestro pase a la final. De hecho, fueron miles los ciudadanos que se movilizaron para estar en la antesala del que parecía iba a ser un hito histórico para la ciudad de Madrid.

Si en julio de 2011 cuando Madrid anunció que se convertía de nuevo en ciudad candidata, hubiésemos tenido una barita mágica -lo que ahora es fácil de decir-, hubiésemos podido ver que estos Juegos “no nos tocaban”. La primera es que nuestra Marca país, que ya cotizaba entonces a la baja por la tremenda crisis económica en la que todavía estamos inmersos, estaría peor dos años después. Nuestro modelo de olimpismo “austero” como respuesta de Samaranch a la otra vez más que envenenada pregunta del príncipe de Mónaco, puso de manifiesto que la oferta española de austeridad y la posibilidad de organizar unos juegos con una inversión contenida, jugaba claramente en nuestra contra. Si alguien todavía no es consciente, incidir en que los Juegos son, entre otras muchas cosas, un negocio, un espectáculo de masas, un carrusel que debe generar expectativas, inversiones y puestas en escena grandilocuentes para retroalimentar financieramente el olimpismo. Digamos que para que el COI genere espíritu Olímpico tiene que tener antes bien alimentado el cuerpo.     

Hace dos años, el ciudadano tampoco podía saber que aflorarían los tremendos casos de corrupción política en España. Claro que ya existían pero todavía no habían sido aireados ni reproducidos por la prensa nacional e internacional. Los que no los conocían o no eran consciente de que, afortunadamente, acabarían siendo públicos, no podían vislumbrar un escenario tan negativo para nuestra marca país en el momento de la verdad.

Aunque pudiera intuirse, tampoco quisimos creer hace dos años que el paro podía seguir escalando de forma sistemática hasta records históricos, lo que ha debilitado todavía más nuestra posición. Lo que si ya se sabía es que el dopaje era entonces un punto débil y posiblemente deberíamos haber hecho mucho más con la famosa operación “puerto” de dopaje, por ejemplo, y que parece haberse cerrado en falso tras la tenues penas y repercusiones que se ha impuesto a los presuntos culpables.

El pretexto de la rotación de los continentes nos pareció también un asunto que podía superarse pese a que ya se sabía que un país europeo no organizará nunca unos juegos cuando le ha precedido otro país europeo en su organización. Digamos que este hecho nos ha hecho víctima de nuestra propia medicina. Es decir, que si pensamos que la única opción para conseguir unos Juegos era estar en esta candidatura para evitar así a París o Berlín -que pretenden organizar los de 2024-, no supimos calibrar que esos mismos países harían lobby contra España precisamente para evitar que Madrid arruinara las posibilidades de poder organizar ellos la siguiente Olimpiada.

Dicho esto, nuestra candidatura generó ilusión, convenció a muchos miles de ciudadanos de que era posible organizar unos Juegos. Creo orgullo de pertenencia a un fin común y el convencimiento de que querer es poder pero, al final, la realidad es mucho más tozuda que todo esto.

Viendo el desarrollo de las votaciones, es duro reconocer ahora que daba igual que Madrid se presentase con la mejor candidatura –reconocida por el propio COI-; daba igual tener en nuestras filas al mejor gurú del mundo para poner en escena una presentación soberbia –digamos que ha hecho bien su trabajo-. Daba igual utilizar a nuestros mejores embajadores para convencer a los miembros del COI porque las corrientes ya discurrían por otros cauces.

Si alguién piensa que Madrid ha sido utilizada por el COI yo creo que es exactamente lo que ha hecho –sólo la mitad de los miembros que prometieron votarnos lo hicieron- y la sensación de engaño y desilusión es normal porque el trabajo ha sido impecable pero estaba condenado a ir a ninguna parte, o mejor dicho, estaba condenado a enriquecer la puesta en escena del olimpismo a costa del esfuerzo de un tercero.

Y es que más que la derrota, duele ver como se ha producido. Madrid ha jugado un rol de  comparsa de lujo. Nuestra candidatura ha dado empaque y emoción a una elección en la que ya estaba decidido que Tokio era la mejor opción ya que ha contado con el apoyo de muchos de los miembros europeos del COI y posiblemente de la mayoría de los asiáticos y de los anglosajones, entre otros.

Con todos mis respectos, no nos olvidemos de que no sólo Tokio nos ha derrotado sino también Turquía y en un duelo de segundones cuando la candidatura nipona ya apuntaba su triunfo. El guión ya estaba escrito y muchos tuvimos la sensación de descubrir algo que todos los miembros del COI ya sabían o intuían.

Al margen de los derrotismos y de buscar las razones más fuera que dentro, resulta prematuro y hasta pueril afirmar ahora que Madrid no debería aspirar a organizar unos Juegos y evitar así  ser los eternos perdedores, o quedarnos simplemente con que se ha producido una injustica y pudiera repetirse si lo intentamos de nuevo.  Tenemos todo el derecho del mundo a sentirnos defraudados y hasta engañados una vez visto lo visto pero también tenemos que despertar y aprender. Como país, atesoramos tanto talento y saber hacer como cualquiera, pero en un entorno global donde competimos globalmente, no basta con generar ilusión o demostrar proyectos viables, si no que tienes que tener una marca país cada vez más fuerte y responder a intereses internacionales geopolíticos y económicos concretos, y hacerlo además en los momentos claves, que es tanto o más importante que lo primero.

Por eso, cuando llegue el momento de decidir si Madrid debe o no debe presentarse a la siguiente candidatura u a otra candidatura futura, habrá que analizar entonces si nuestra marca país ha mejorado y, para eso, debemos llevar a cabo una regeneración institucional y política de primer orden donde los corruptos no tengan hueco en nuestra joven democracia. Asimismo, deberemos sentar las bases del crecimiento económico y ser capaces de generar empleo neto y presentar así una candidatura fuerte también en lo económico o quizás no haya que hacerlo si se concluye que hay más que perder que ganar. En cualquier caso, y bajo esas premisas, es necesario vertebrar y potenciar una estrategia corporativa con la participación de todos los agentes institucionales y corporativos y el liderazgo del Gobierno -siempre con una visión de largo plazo y al margen del signo político que toque-, para el reforzamiento de nuestro marca país.

Lo cierto es que Madrid 2020 no tocaba, lo que no quiere decir que Madrid y España  no merezcan organizar unos juegos en el futuro pero si que ahora toca otra cosa que es la de remar juntos para volver al cauce de la reputación y el crecimiento. Cada uno, desde nuestros respectivos ámbitos de responsabilidad, tenemos que asumir que hay que  hacer lo posible para mejorar como país y eso sólo se consigue cuando se predica desde el ejemplo, cuando se aprende de los errores, cuando se hacen bien las cosas y cuando sabemos contextualizar de forma global nuestro talento además de trabajar duro, por supuesto. Dejemos de llorar por lo que pudo haber sido y no fue y pongámonos a trabajar por lo que queremos que sea y seguro que algún día acabara siendo.